Una clase

Crónica de una clase.
Antes de comenzar la clase, estábamos 5 compañeras (no las nombro para no equivocarme). Ingresó al aula una joven, quién será de mis compañeras que encontró el elixir de la juventud, pero no (qué susto), era una estudiante que venía a presenciar la clase. Cuando me repuse del susto apareció otra, pero yo ya estaba curada de espanto.
Llegó la profe, y sorpresa, apareció un galán, eso ya fue el colmo. Solo venían como observadores. Comenzó la clase. «Chicas, ¿trajeron los deberes?» (la suave voz de la profe). Saltó Raquel, ese nombre no me lo olvido, «La consigna no fue clara y por eso el trabajo que hice no fue correcto», dijo; otras alumnas estuvieron de acuerdo, unas cuantas opinaban al mismo tiempo, y solo escuché leche, zapatos, casa, etc., etc. La profe explicó el método del relato y nos repartió unas hojas, para asociar comparaciones. Trabajamos en grupos de 2. Los jóvenes no trabajaron, son haraganes, perdón, son OBSERVADORES.
Después nos dieron la tarea (deberes). Teníamos que copiar las letras de las patentes de los autos y formar oraciones, una palabra por cada letra y para colmo, que tenga sentido. ¡Qué despiole! Como no me acobardo, tomé una birome, una libretita y salí a buscar coches estacionados. Empecé a anotar y un señor me grita «¿Qué hace? Hoy es domingo». Le contesto cumplo con mi deber. No puedo escribir lo que me dijo, yo soy educada, pero con paciencia le expliqué de qué se trata, y me contestó «Cada loco con su tema», me eché a reír y se dio cuenta que le tomé el pelo.
Perdón, estaba en la crónica, ¿por dónde iba? Ah, ya sé, la clase terminó porque a mí se me terminó la hoja.
Raquel Kacman