La cabrita

Nos miramos en silencio. Un frío recorrió mi cuerpo y pensé: ¿cómo puede el amor transformarse en tanto odio? La relación comenzó en la escuela secundaria; yo le explicaba a ella matemáticas.
Decidimos seguir la misma carrera: seríamos abogados.
Cuando estábamos por recibirnos, mi madre me dijo: «¿No pensarás casarte con él?». No podía entender por qué no simpatizaban, lo conocía desde muy joven. A pesar de sus esfuerzos por separarnos, nos casamos.
Fue como si el embrujo se hubiera roto: una competencia profesional que nunca pensé que iba a existir en una pareja, discusiones, reproches estériles que no llevaban a ninguna parte. Cuando la situación se hizo insostenible, decidimos separarnos.
El destino tenía picardías para nosotros que no pudimos imaginar.
Estábamos cenando cuando comenzó a llorar silenciosamente. No soporto más a las mujeres que lloran; pero él lo hacía sin ostentación, con verdadero dolor. Me acerqué, lo abracé por los hombros y le dije: «¿Qué sucede? ¿No te quieres separar?».
«Fuiste tú quien lo propuso; yo sólo lo acepté.» Me miró. Tartamudeando, le dije: «Estoy embarazada». En ese momento pegó un grito: ¿alegría, sorpresa, bronca? No sé; tal vez todo a la vez.
En los últimos meses tuve que dejar de trabajar. Nació la nena. ¿Qué nombre le pondríamos? Mamá quería que la llamáramos Nancy. Nueva discusión. Mi hija se llama Nancy, tiene quince años; Juan José —lo eligió ella— tiene doce.
Mamá falleció; él no quiso ir al velatorio, era natural. Mi mamá nunca lo pudo tragar, a pesar de lo cual fue al entierro. Ese día llovió a cántaros: en las ciudades la lluvia no es importante, en el cementerio sí.
Nuestra vida siguió con el ritmo parejo del reloj: no pasaba nada. Hasta que descubrí que los ojos podían reflejar tanto odio sin palabras. Entonces noté que era demasiado tarde, como siempre.
En mi memoria aparecieron las palabras del poeta: «Cabrita que tira al monte, no hay cabrero que la guarde». Decidí mi destino, me separé. Ahora soy otra. Soy feliz.
Raquel Kacman