La vida

Olas inmensas se lanzaban hacia la costa.
El sol recién se asomaba débilmente. Miré al mástil, bandera roja, no entrar, prohibido bañarse.
Me senté, traté de entrar en ese otro oleaje que es mi propio yo, altas olas de desesperación y angustia, buscando por llegar a mi conciencia, despertarla y gritar, ¿es verdad lo que viste?, lo que sentiste fue verdad; no fue un sueño, ni una fantasía. Venían marchando de a cinco: con camisas negras, pantalón negro, cabezas rapadas. Se escuchaba el tac, tac del ritmo siniestro.
Me llegaba a la memoria el marchar nazi cuando iban a buscar a una víctima a su casa.
Pero… ¡despierta! Estás en la Argentina, ¿no escuchas? Son cacerolas golpeando en la conciencia de los corruptos. ¿Entonces los nazis? También estaban allí, marchaban por Avda. de Mayo, la gente se apartaba, los dejaba solos, los periodistas ¿dónde estaban?, ¿la TV?, ¿qué pasó?, ¿qué estaban ciegos? O ellos también percibieron una bandera roja que decía no pasar, no meterse en el mar.
¡Peligro! Nadie dice nada.
Me levanté, me alejé de la playa. Mi conciencia cerró la puerta sin hacer ruido.
Un día comenzaba, una nueva pregunta se instalaba, ¿hasta cuándo? Pensé tal vez pronto todo cambie, podamos volver a empezar, soñar otra vez… las olas más tranquilas, pero espumosas, traían una corona de pétalos blancos que se desparramaban sobre la arena. Serán las flores que arrojan las madres al mar por sus hijos muertos, que hoy el mar parece acunar.
Conciencia, memoria, dolor, recuerdos, perdonar y sobre todo no olvidar.
¿Son palabras? ¡Verdad! ¿Para qué sirven? Si nadie las escucha, si golpean todas las puertas que no se abren. Ellas gritan: hombres, escuchadnos, salimos de vosotros, no tengáis miedo de vuestras propias palabras, repetidlas en voz alta, más alto, más, más, hasta que el cielo estalle y nosotras podamos caer sobre vosotros y allí nos escucharéis.
Otra vez el mar, las olas, se duermen sobre la orilla, se deslizan silenciosas, arrulladoras. Jóvenes bailan en la orilla, los niños juegan con la arena. La vida sigue, no se detiene, y el mar que comprende todos los sufrimientos, todas las alegrías es cambiante como la vida misma. Llega el atardecer y la luz se va esfumando y dicen que el precio de la luz es tener la sombra inseparable, y el precio de la conciencia es el recuerdo.
Raquel Kacman