· 2022

El destino

Estaba escrito, tenía que suceder. Alberto, 12 años, Rosita, 10, todos los días se cruzaban en el caminito que los llevaba a la escuela, él al de varones, ella a la de las nenas. Las escuelas estaban en la misma manzana, era un amor sin palabras, nunca se habían hablado, se miraban al cruzarse. Cada uno soñaba por separado.

Pero una mañana a Rosita la atropellaron un grupo de chicos que la empujó contra una casa que tenía un enrejado cubierto de una madreselva, su perfume la acompañó mucho tiempo unido al recuerdo de lo que sucedió luego. Alberto se acercó, puso su mano en la de ella, así, mano en mano, la ayudó a incorporarse. Uno miró al otro, no se hablaron pero a partir de allí se saludaban al cruzarse. Los dos eran tímidos, sentían vergüenza de soñar, era un sueño de juventud, así Rosita cada vez que ve una planta de madreselva recuerda ese primer amor y ese sueño, esperando el día que me quieras. Pero el destino estaba escrito, las nostalgias y el deseo de una vida mejor empujaron a Alberto a intentar varios emprendimientos, pero siempre le fue cuesta abajo. Rosita puso una inmobiliaria, le fue bien. Un día llegó un joven para ofrecerse para trabajar allí, había un cartel en vidriera solicitando empleado. Cuando lo vio su corazón pegó un salto, le preguntó cuál era el motivo de su visita, él se quedó sin palabras al reconocer su sueño de juventud. Volvieron a encontrarse, él entró a trabajar con ella y un día fueron a recorrer juntos el caminito de sus sueños, pero ya no estaba la madreselva, en su lugar había un naranjo en flor, al volver una garúa los coronó. Hoy la familia celebra su sueño de juventud.

Raquel Kacman