Yo vengo a ofrecer mi corazón

Estaba caminando por la calle y por desgracia me tocó presenciar un terrible accidente, un hombre gravemente herido, había que avisar a la familia, pero el hombre iba indocumentado. Llegó una muchacha, se acercó y cuando vio al herido comenzó a gritar, es mi papá, llorando. Todo esto duró una hora pero lo viví como mil horas. Me fui alejando y pensé yo no tengo nada que perder, solo se trata de vivir.

La calle era una fiesta, mucha gente, era un domingo soleado, me paré en la plaza donde un grupo de jóvenes alegraban cantando y cuando pedían la colaboración aclaraban que ese dinero lo juntaban para los comedores del barrio. Entre el público alguien comenzó a cantar yo vengo a ofrecer mi corazón, la gente se prendió y se improvisó un coro que acompañó a los chicos que cantaban. Una persona entre el público, que usaba un bastón, marcaba con él golpeando el piso el ritmo, mientras decía esta es la vida que me alcanza, ojalá mis nietos me canten esta canción para mi muerte. Los chicos siguieron tocando música ligera.

Seguí mi camino, estaba presente en mí el contraste entre la vida y la muerte en una misma calle y a poca distancia. Pasé por un terreno baldío protegido por una pared, pintada por esos artistas callejeros que pintan por amor, no sé si la pintura eran imágenes paganas, no entiendo de pintura, pero pensé este es nuestro presente, unos decoran la ciudad y otros vándalos la destruyen rompiendo monumentos, ensuciando los frentes de los edificios, por eso yo repito yo vengo a ofrecer mi corazón.

Raquel Kacman