Una historia común

Bajaron del barco. Por fin América. Aquí todos los hombres son iguales. Había que aprender el idioma, trabajar con ahínco para progresar. Venían de un hogar religioso (¿quién en ese pequeño pueblo no lo era?).
En la Argentina era más fácil dejar la religión, pero en el lugar se conservaban las tradiciones.
Las cosas mejoraban, los hijos crecían sanos, estudiaban, no sabían de discriminación. Los padres seguían recordando el pasado reuniéndose con los paisanos en el fareim.
Por supuesto los hijos eran judíos, pero ¿qué sabían del judaísmo?
Religión NO, nosotros somos socialistas, luchamos por la igualdad.
Eso sí, las fiestas se respetaban, ¿cómo? Por supuesto, con la cena tradicional, pero sin contenido religioso.
La generación de los mayores fue dando paso a la nueva generación, profesionales, prósperos industriales, en fin, gente de los Country.
¿Dónde quedó el judaísmo? En los aportes para la campaña; unida en ser socio de alguna institución israelita y en algunos casos mandar a sus hijos a colegios judíos.
Pero los hijos comenzaron a reclamar, preguntar a sus abuelos, que no podían comprender a esta tercera generación que volvía hacia atrás las hojas del tiempo.
En una de estas familias, llegó la noche, uno de sus hijos desapareció.
Cuando quisieron contactarse con gente conocida para averiguar el paradero, la respuesta fue «Es judío, no lo van a encontrar y con ese apellido, no se salva».
Los padres desesperados le recriminaron a Dios, le reprochaban que los había abandonado; pero realmente, ¿quién abandonó a quién?
Comprendieron, buscaron en su historia una verdad que habían olvidado.
Nunca pensaron que la Torah era un modelo de tratado social, les enseñaba el respeto por los que menos tienen, que castiga las ambiciones desmedidas, y que aunque parezca extraño es más socialista que ellos. Porque es un tratado social muy superior a los actuales.
Poco a poco el dolor fue uniendo más a la familia, que hoy comprendía que no era olvidando sus orígenes como vivirían mejor.
Hoy los nietos hablan de emigrar, pero esta vez no buscan progreso económico, ni escapan de la discriminación. Quieren ir a Israel, un país distinto, con otra lengua, otras costumbres, pero que algo les dice que es suyo. Los padres no lo hubieran entendido antes de que la familia fuera amputada.
Pensaban que sus hijos lo tenían todo, bienestar económico, estudio, una buena familia; pero les faltaba identidad.
Esa palabra es tan simple y tan difícil de explicar.
Esta pequeña historia es la de muchos judíos que llegaron a la Argentina por el 1900 descreídos y decepcionados del mundo, esperando un futuro mejor.
Hoy hay en Israel una colonia argentina muy numerosa y esperemos que sus hijos hayan recuperado su identidad y no tengan que emigrar nunca más.
Raquel Kacman