· 2015

Un recuerdo del mar

Llegamos por la tarde a Bahía Blanca. Nos instalamos en el hotel y tratamos de averiguar dónde podíamos disfrutar de un día de playa.

El conserje nos recomendó un lugar cerca del puerto, que según nos dijo era bonito, cómodo para bañarse, pero tenía el inconveniente que solo se podía aprovechar durante la marea alta.

Hicimos un plano para poder llegar al lugar. Por la mañana nos informamos que la marea alta sería a las 10. Salimos con todo lo necesario, sombrilla, sillas, un cesto con alimentos... Partimos, el plano no era muy claro y mi experiencia tampoco.

Arribamos al lugar a las 10,45 h, juntamos nuestros bártulos, teníamos que descender por una escalera tallada en la piedra. En esos preparativos vimos subir un señor chorreando agua, secándose con una toalla y nos grita «apúrense que esto no es el Tigre, vienen llegando tarde».

Nos miramos, bajamos, allí estaba el mar, a nuestro lado. Decidí abrir la sombrilla y poner la silla para que se sentara mi madre, que no entraba al agua. Cuando me volví no podía creer lo que veía, el mar había desaparecido. Mi amiga me tomó de la mano y comenzamos a correr en busca del mar. No podíamos alcanzarlo. Solo vimos pozos profundos llenos de agua que pensamos, qué peligrosos debían ser con la marea alta cuando el mar los cubre y no se ven. Algunos intrépidos se mojaban en ellos.

Corrimos sin pensar, hasta llegar cerca del puerto, en un canal había un enorme barco, con solo 25 cm cubiertos por el agua. Pensé cuánto tenía que subir el mar para que ese barco pudiera salir.

Es difícil describir qué se siente ante los milagros de la naturaleza. Hablamos en las escuelas de las mareas altas, las bajas, etc., pero nunca imaginamos la rapidez y la masa de agua que se desplaza en pocos minutos y la impotencia que se siente al no poder alcanzar el agua que se escurría delante nuestro dejando solo pozos en un desierto. Esta fue una experiencia inolvidable.

Raquel Kacman