Roby y yo

«No hagas trampa, ¡me espiaste, estoy enojada!». Nina tiene cinco años. Roby es un robot de la familia: mueve la cabeza diciendo que no.
«Bueno, ahora te toca a vos, pero no me espíes.» Roby baja sus párpados metálicos sobre sus rojos ojos. Nina se esconde. Pasan unos minutos, Roby abre los ojos y hace como que la busca… ya la vio entre las plantas, con su vestidito rosa.
«Otra vez te gané, ¡ahora llevame a caballito!» Roby dice que no con su cabeza. «Voy a llorar si no me llevás.» Roby la alza, la pone sobre sus hombros, ella se abraza a su cuello.

Los gritos de la madre interrumpen el juego. Reta a Roby, Nina llora: «¡él no tiene la culpa!».
Esa noche discuten los padres. La madre opina que hay que sacar a Roby de la casa: la nena lo quiere más que a ellos, aleja a los otros chicos, y en el barrio todos hablan de la nena criada por un robot. Al fin convence al padre. Entregan el robot a la fábrica.

Para conformarla le traen un perrito, pero ella busca a su amigo por toda la casa. Deja de comer, no sonríe, está triste, no juega. Los padres, desesperados, deciden llevarla a la fábrica para que vea que los robots se arman con piezas, cables…
Cuando recorren la fábrica llegan a un sector donde un grupo de robots arma otros. El lugar está rodeado con sogas y un cartel: «No pasar — sector peligroso». Nina reconoce allí a Roby y pasa bajo las sogas.

Un enorme robot avanza llevando material; los padres ya ven a su hija aplastada. Pero Roby reconoció a Nina: se lanza, la levanta en sus brazos y logra detener a su compañero. Nina se abraza a su cuello y ríe feliz por el reencuentro.
Los padres deciden volver a llevarse a Roby, hasta que el tiempo lo desarme… o su hija pueda ser feliz con el recuerdo.
Raquel Kacman