Paloma

Vino de un pueblo donde la palabra pobreza no tiene nombre.
Calles de tierra, casas de adobe, sin luz, sin gas, agua de pozo.
Él era el 3er. hijo de 5 hermanos. Siempre quiso estudiar, la primaria la cursó en una escuela rural donde concurría a caballo (cuando no llovía demasiado) la secundaria, gracias a la recomendación del cura del pueblo, lo aceptaron como interno en un colegio religioso, pagaba ayudando en los quehaceres.
Vino a la ciudad con el sueño de poder trabajar y estudiar en la Universidad. El pasaje lo pagó su madre con lo poco que tenía ahorrado y le prometió que se lo devolvería cuando obtuviera su título. Durmió varios días en una plaza hasta conseguir un trabajo y poder alquilar este altillo de 2 por 2 con apenas una ventanita.
Comenzó sus estudios, qué difícil le resultaba estudiar hasta la 1 o 2 de la madrugada y levantarse a las 6 para ir a trabajar. Tenía días de desánimo como ese, escuchó un ruido detrás de la ventana (que nunca abría) La abrió y encontró un nido de palomas, con 2 pichones dentro, buscó una galletita, la trituró y la volcó en el nido, su fantasía le dio la ilusión que las palomitas sonrieron y pensó ellas también tuvieron que adaptarse a esta ciudad de cemento y necesitan como yo de amor y solidaridad. A partir de hoy todos los días les daré un alimento. Lo vivió como un mensaje para no decaer y se prometió que si algún día tenía una hija se llamaría PALOMA.
Raquel Kacman