María Curí

Caminando por París la vi. ¿Sí, era ella? Me emocioné, me acerqué, la saludé. Me sonrió y me dijo: «¿La conozco?». «No, pero yo la admiro desde mi juventud, siempre la tuve de ejemplo. ¿Me aceptaría un café?».
Entramos a una pequeña cafetería. «Hablemos de mujer a mujer. ¿Fue difícil sobresalir en su época?». «Sí, muy difícil; la mujer era considerada un cuerpo sin cerebro. Si eras escritora, tenías que usar un nombre masculino para que te reconocieran; y si eras científica, necesitabas un profesor que te apadrinara —a veces eso se pagaba muy caro— o un esposo que te apoyara y estuviera adelantado a su época».
«Hoy la mujer ha logrado un reconocimiento, pero se pagó muy caro: hay una cantidad de femicidios, y el hombre todavía no logró dejar su lugar de rey de la selva». Me interrumpió: «En mi época, a las que trataban de liberarse las encerraban en lo que ustedes hoy llaman neuropsiquiátricos; es decir, las trataban de locas. Me encantaría vivir en esta época, por todos los adelantos que existen». «Perdón, es cierto; pero creo que nos hemos deshumanizado».
Sonó el despertador y me di cuenta de que me había quedado dormida con el libro sobre la vida de María Curí.
Raquel Kacman