La tarjeta

Me desperté, me había quedado dormida, tenía turno con mi médico, justo el que era tan respetuoso de los horarios. Cambié las cosas de la cartera blanca y las pasé a la negra, ya estaba fresco y no usaba las sandalias blancas. En el apuro puse todas las tarjetas en el porta, no me fijé de quiénes eran, ni si se repetían. Junté todo. Llegué al consultorio con el corazón en la boca, abrí la puerta y por primera vez me encontré con cinco pacientes esperando. La secretaria se acercó y me explicó que el doctor tuvo un problema con el coche y recién había llegado, y me dijo que si quería bajar a tomar algo, ya que tendría una espera aproximada de una hora. Le agradecí, pensé: qué pena, me hubiera traído un libro, pero con el apuro… Abrí la cartera y pensé, voy a aprovechar para ordenarla, voy a clasificar las tarjetas. Lo primero que apareció fue un trozo de entrada, solo se leía 5 de octubre 19, es decir que ese resto de entrada tenía más de 18 años. Comencé a recordar, seguramente fue cuando salía con Eduardo, mi gran amor, a él le encantaba la música clásica. De pronto, como un rayo, recordé: el bis era un vals de Strauss, y me puse a imaginar un salón imperial, las maravillosas arañas, las mujeres con sus vestidos con miriñaque, los hombres de frac, todos girando al compás de la música. Me adormecí. Me sobresaltó una voz fuerte que me decía: Pase, es su turno. Me despabilé y entré bailando un vals.
Raquel Kacman