una historia del pueblo · 2017

La maternidad

pueblo · ternura

En un pueblo muy pequeño, de unos 2000 habitantes, todos se conocían y se llevaban muy bien, pero…

En un solo punto diferían: había discusiones y no lograban ponerse de acuerdo.

En el centro de la plaza principal había una estatua que, para algunos, era espantosa, desproporcionada, y querían cambiarla; para otros era histórica, nadie sabía desde cuándo estaba allí y que irradiaba algo. Era de mármol blanco; en el pedestal decía «LA MATERNIDAD». Estaba representada por una mujer muy obesa, sentada en un banco con los brazos hacia adelante y las manos unidas, dejando encerrado entre ellas un gran hueco (que se llenaba de hojas y había que mandar la cuadrilla para limpiarla); esa era una de las causas por las que querían sacarla. Los que la defendían decían que posiblemente en ese lugar debía haber colocado un niño, y ahora no estaba, para llenar ese hueco.

Pero hay cosas que suceden y nadie puede explicar. Un día apareció un chico de 5 o 6 años, desnutrido, con unos enormes ojos que sobresalen de su carita; pedía comida, no aceptaba dinero porque aún no sabía que eso se podía convertir en alimento. Todos le dieron algo y se preguntaron quién era y de dónde venía. Le preguntaron, pero solo sus ojos agradecían; él no respondía.

Llegó la noche y el único refugio que encontró fue el hueco de la maternidad. Se acurrucó dentro y sintió que esos brazos extendidos lo contenían; se durmió y soñó que alguien lo arropaba, lo acariciaba: eran las primeras caricias de su vida. Soñó que vivía en una casa donde lo querían; esa fue la noche más hermosa de su corta vida. El sol de la mañana sobre sus ojos lo despertó; tardó en darse cuenta de dónde estaba y vio que efectivamente estaba envuelto en una manta. La tocó, era suave como una caricia; tuvo miedo de que se desvaneciera como el sueño. Lentamente asomó la cabeza para mirar a su alrededor y vio que en el pedestal había una señora mayor, que se levantó y lo ayudó a bajar, lo acarició y le dijo: «No puedo ser tu madre, pero sí tu abuela. Yo no quería seguir viviendo, porque no tenía para qué; ahora viviré para cuidarte, para quererte, hasta que seas grande».

Dicen en el pueblo que desde ese día, en el rostro de la estatua, hay una sonrisa, y la llaman «LA MATERNIDAD DE LOS MILAGROS».

Raquel Kacman