La fotografía

Estaba sentada en una plaza de Tucumán, descansando de unas jornadas profesionales donde fuimos a presentar un trabajo. Estaba relajada disfrutando del sol y la belleza del lugar. Se acercó un hombre con una máquina fotográfica y me pidió permiso para sacarme una fotografía.
«¿Para qué la quiere, si no me conoce?»
«Todos los años, se realiza un concurso fotográfico. Y usted me pareció por la paz y relajación de su rostro rodeada del encanto de esta plaza un buen motivo».
«¿Yo qué gano con eso?»
«Tenés una hermosa fotografía recuerdo de Tucumán».
Me pidió los datos para mandarme una copia después del certamen. Sacó aparatos de un bolso, midió la luz, la distancia y después de varias pruebas, por fin sacó la foto.
Volví a Buenos Aires, esperanzada para ver mi famosa foto, pero no llegaba. Me olvidé de Tucumán, de la foto, la vorágine de la ciudad me absorbió.
Pasó mucho tiempo y un día llego a mi casa y mi madre me dice: «el cartero trajo un sobre muy raro que dice ‹¡Ojo, no doblar!› escrito en rojo». La curiosidad hace que tire la cartera y todo lo que tenía en la mano, tomo el sobre, no puedo despegar la solapa. Corro a buscar el abrecartas. Por fin, lo abro. Meto la mano y saco un recorte de diario. «Resultado de los primeros premios de fotografía» enumerados del uno al diez con el nombre de los fotógrafos y subrayado en rojo el número cinco.
Vuelvo al sobre. Allí dentro está ella, la fotografía. La miro sorprendida, hay algo que me emociona, el fotógrafo pudo captar ese momento de paz y felicidad que yo estaba viviendo. Aunque no lo crean hay fotografías que hablan. Y ésta es una de ellas.
Raquel Kacman