· 2019

La carpa de la felicidad

Estaba en la calle, sentado en el piso, muy delgado con el aspecto de una edad indefinida. Pedía sin hablar, extendía la mano. Muchos pasaban sin verlo otros lo miraban con indiferencia, era un espectáculo conocido en la ciudad, y alguno para tranquilizar su conciencia le daban unas monedas.

Una señora se acercó y le dijo «Sos joven por qué no pedís trabajo».

La miró y con todo respeto le dijo «Yo en este mundo no existo, no tengo documento, mi domicilio es la calle, nadie responde por mí intenté pedir trabajo de cualquier cosa, no llena los requisitos mínimos solo sé leer y escribir con dificultad».

La mujer le preguntó tenés hambre, sonrió «mucha». «Levántate y ven». Tuvo miedo, lo llevaría ante la policía, a pesar de la duda se levantó. La siguió fueron hasta una confitería en la esquina «entra». «No señora ya me echaron muchas veces». «Conmigo no». Se sentaron a una mesa, la señora lo mandó a lavarse bien las manos, cuando volvía el mozo lo tomó del brazo para sacarlo «un momento el joven es mi invitado o para comer aquí hay que venir de etiqueta». «Perdón señora creí que la estaba molestando». La señora pidió un buen almuerzo ya que el joven no se atrevía a pedir. Cuando sació su hambre, preguntó «Puedo llevarme lo que queda para mis compañeros que comparten conmigo la calle?».

Rosa que así se llamaba la Sra. llamó al mozo le mandó envolver el resto y agregar un milanesa con papas fritas. Al salir le dijo ven acompáñame tengo algo de ropa de mi hijo ya no vive conmigo ya se casaron. Llegaron a la casa, un jardincito adelante entrada para coche una casita simple pero acogedora. Rosa le dio un toallón algo de ropa interior, un pantalón y una remera y lo mandó bañarse. Él temblaba de miedo, qué le pediría después de todo lo que le daba salió del baño convertido en otra persona Rosa había tirado los harapos. La ropa le quedaba grande pero estaba limpia y perfumada, se notaba su tremenda delgadez, la mujer pensó no lo puedo tener en casa mis hijos se escandalizarían, pero tengo una carpa de los chicos cuando se iban de campamento. Le preguntó si él se atrevía armar una carpa en el jardín, para dormir allí. Los ojos se le iluminaron pero él no sabía. Rosa le pidió a los vecinos, cuyos hijos eran amigos de los suyos y la carpa quedó armada en el jardín. La gente le decía cuidado Rosa, sus hijos saben la que piensa hacer. «No y no se les ocurra llamarlos, porque si no mañana, vuelven al país». Le dio elementos para dormir, una colchoneta una frazada todo. Cuando cerró el portón con candado él pensó mañana me manda preso y dice que yo le robé la ropa, tenía miedo y por otro lado quería poder dormir una noche al abrigo. A la mañana siguiente lo despertó con un desayuno. Él creía que estaba soñando y tenía miedo de despertar. Le pidió permiso para traer a una nena y un chico con los que compartía la calle. Rosa averiguó si se drogaban por suerte no. Entre los vecinos compraron un baño químico, comenzaron a colaborar con la comida y la carpa se fue poblando. Algunos vecinos comenzaron a darles pequeños trabajos, como cortar el césped etc. Vino una visitadora social, que los quiso poner en un orfelinato, pero no quisieron, les consiguió documentos y cuando tenían que poner domicilio ponían «LA CARPA DE LA FELICIDAD».

Raquel Kacman