· 2014

Ingratitud

Las lágrimas rodaban por sus mejillas como perlas que se desgranan de un collar, no podía creer tanta ingratitud.

Sentada junto a la ventana, su vida comenzó desfilar ante sus ojos entrecerrados.

Se vio llegar a esta casa, tenía solo 15 años, venía de un pueblo con chozas de adobe, calles de tierra, sin agua potable, sin luz, sin escuelas y con muy pocos habitantes.

Recordó el terror que sintió frente a la ciudad, con casa altas como montañas, autos que corrían, a la velocidad del viento.

Esa noche por primera vez durmió en una cama con colchón, sábanas, frazada.

La señora, por suerte, fue muy paciente le enseñó a escribir, leer, y todo lo que tenía que saber para manejar la casa. El señor estaba muy poco y cuando venía se dedicaba a sus hijos que para él eran lo más importante.

Muchas veces pensó en dejar la casa, casarse y tener su propia familia, pero no sabía, qué la retenía en esa casa que le daba todo el afecto, de los niños, y el buen trato de sus patrones.

El tiempo pasó, sin darse cuenta se fue quedando, y llegó a formar parte de la familia, eso era lo que creía.

Los chicos crecieron, estudiaron se recibieron, se casaron.

Cuando a su vez tuvieron hijos, los cuidó como si fueran sus nietos, pero… desgraciadamente la señora se enfermó, la cuidó hasta el último momento.

Pasado unos meses los hijos se reunieron con el padre para informarle que le habían conseguido un muy buen geriátrico y que a ella la indemnizarían. Esperó ansiosa la respuesta del Sr.

Estaba pálido los ojos se le salían de las órbitas. Los miró y con voz ronca les dijo «Nunca creí haber educado semejantes monstruos. Cuando recapaciten, y piensen que sus hijos pueden pagarle con la misma moneda, vuelvan. Yo estaré aquí este lugar me lo gané y me pertenece. Fuera».

Ella se quedó en la casa cuidándolo y pensaba como podía rearmar la familia. A la que tanto le debía. Se preguntó dónde iría si debía dejar la casa. Se le nublaron los ojos y sintió que su vida había pasado en vano.

Repentinamente vio lo que jamás se atrevió a pensar, que siempre había estado enamorada del señor.

Raquel Kacman