El segundo lugar

Una casa antigua, grandes parques la rodean. Los perros se alborotan al paso de la gente. En el interior, silencio, penumbra.
El ama de llaves, junto a la ventana, dialoga consigo misma: ¿Qué hago sentada, perdida en esta casa donde llegué a los 16 años, del campo, con un atadito de ropa, soñando con la gran ciudad? ¡Cómo pasa el tiempo! Pasa la vida. Primero los chicos, la escuela, el secundario, la universidad. Cada triunfo de ellos era mío, me alegraba como si fueran mis propios hijos. Olvidé vivir mi propia vida. Recuerdo el repartidor del mercadito, que se desvivía por complacerme, cuántas veces rechacé sus invitaciones. «Te vas a quedar para vestir santos», me decía, y yo me reía divertida por la frase. Después el amigo de don Enrique (mi patrón), hombre grande, serio, buena posición. La señora me decía: mira, es un buen candidato, no lo pierdas. Yo pensaba en los chicos, en todo lo que tenía que dejar, y no me decidía. «Tendrás tus propios hijos», me decían, pero no, no. ¿Qué me amarraba a este caserón? ¿Por qué tenía miedo a cambiar mi vida? Cobardía, inseguridad, falta de seguridad, todo eso y mucho más.
Los chicos se casaron, ¡qué alegría! Vinieron los nietos y yo siempre allí, fiel incondicional. Luego lo terrible, la enfermedad de la Sra. Amelia, su agonía, su muerte, y yo allí, dándole cariño, comprensión y ayuda. Ahora, después de 2 años, estoy aquí preguntándome: ¿Qué hago? Don Enrique me propuso matrimonio y me doy cuenta que pasé mi vida tras un amor imposible, y que hoy se puede convertir en realidad, pero tengo miedo, mucho miedo. Si los chicos lo toman a mal y creen que estoy usurpando un lugar que no es mío, que yo sé que lo gané pero no ellos.
Siempre me dijeron: sos una segunda madre para nosotros. Pero todo lo que es segundo no tiene valor. ¿Hasta cuándo seré la segunda en la vida? Hoy voy a ocupar mi lugar, el que por derecho me corresponde. Suspiró, se puso en pie, abrió todas las ventanas y prendió todas las luces.
Raquel Kacman