El mate

Desperté, me costó ubicarme, estaba sola en la amplia cama. Me desperecé; mi fiel amigo de cuatro patas había ocupado el lugar vacío, como si comprendiera mi tristeza.
Me levanté, fui a la cocina como una autómata: encendí el gas, puse el agua a calentar, busqué el mate —no recordaba dónde lo había dejado— y lo armé. Tomé el primer mate, no sabía si era amargo por la yerba o por mis lágrimas.
Volví a la cama. Segundo mate: aparecieron los recuerdos, los dos jóvenes en la secundaria, yo en quinto, él en cuarto. Era el mayor del grado; había abandonado dos años por cuestiones familiares, su padre enfermo, tuvo que ayudar a su madre en el comercio. Tercer mate: nos conocimos en un recreo, fue un flechazo; nos hicimos amigos, nos ayudábamos en el estudio.
Cuarto mate: comenzamos a prepararnos para la Universidad, el CBC, yo en biología, él en Letras; quería ser abogado, yo médica. Quinto mate: en mitad de la carrera tuvimos nuestra primera experiencia de amor, tímidos, avergonzados, felices. Sexto mate: nos recibimos, decidimos ir a vivir juntos; las familias se opusieron, sin casamiento no podía ser.
Séptimo mate: el agua se enfrió, volví a la cocina, mi fiel amigo esta vez me acompañó. El agua, como el amor, se enfría. De nuestra unión nació Manuel. Octavo mate: una abogada jovencita comenzó a llamar todos los días. «No te preocupes, es una chiquilina.» Noveno mate, sentada en la cocina, y con el último mate la jovencita se lo llevó.
Mi hijo ya está en la Facultad, sigue la carrera del padre. Pero espero que no sea el último mate.
Raquel Kacman