El linyera

Caminaba, caminaba, solo eso, caminaba.

Para algunos era un loco, para otros un mendigo, un linyera.

Nunca pidió nada. Una amiga me comentó: «Debe ser un enfermo, parece un sonámbulo».

Decidí averiguar. Pasé un tiempo esperándolo, mi única compañía eran los trinos de los pájaros. Él estaba ausente, como si presintiera que algo podría suceder.

Por fin un día lo abordé: «Perdone, señor, ¿le puedo ser útil en algo? Lo vengo observando y usted se aferra a la tierra buscando en ella su energía para seguir caminando». Miró a su alrededor, no había nadie, me miró y me dijo: «¿Usted me dijo señor a mí? Solo soy lo que queda de un hombre». Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas y algunas quedaban suspendidas en sus pestañas sin poder desprenderse. «¿Le interesa mi historia?» «Sí, por supuesto.» «Yo era feliz, tenía una hermosa compañera, una hija de 5 años, no nos faltaba nada, yo era arquitecto y mi hogar era un canto a la vida. Un día salimos de vacaciones a la ruta, yo había bebido una copa en el almuerzo, no más, estábamos alegres, cantábamos. No vi la vaca en medio del camino, dicen que se cruzó, no sé, usted lo puede imaginar, yo me quedé solo, no pude recuperarme y no puedo poner un punto final a mi dolor». En mi corazón aleteó una profunda pena por ese ser que no encontraba consuelo y no se permitía mamar nuevas esperanzas en la ubre de la vida.

Me pregunté: ante pérdidas irreparables, ¿cómo se sigue viviendo? Cada uno tiene su propia respuesta.

Raquel Kacman