· 2014

El juego de dominó

Vení, no seas cobarde, ya sabés que te voy a ganar.

Risas y sonrisas de los jubilados, reunidos en el club.

Don Bernardo era muy conocido (jugaba muy bien), había ganado muchas medallas para el club. Últimamente se negaba, estaba inmerso en una tristeza de la que sus amigos no podían sacarlo. Las fichas en la mesa, sortearon los compañeros, distribuyeron 7 fichas cada uno.

Pensó: siete, número cabalístico. 7 días de la semana, 7 años de prosperidad, 7 de sequía, y él los estaba pasando. Cómo decirles a ellos que con su magra jubilación tenía que ayudar a su hijo, al que con tanto esfuerzo logró recibirse de ingeniero.

—Bernardo, te toca a vos, ¿estás dormido? Dale, poné una ficha. El 0 o el 6, no pienses tanto. Pensó: el cero es la nada, como él. Puso un doble cero. Una ficha en blanco como sus cabellos, sus ilusiones de una vejez feliz.

—Bernardo, ¿no tenías otra cosa? Vaya por el compañero que me tocó. No viste que pasé. Pensó: yo también pasé por la vida, ¿y qué logré?

Miró la mesa, las fichas con los puntos marcando números, los que deciden el destino del juego. Decidió prestar atención, su socio estaba pidiendo un cinco, seguro tiene el doble, y recordó en ese momento una poesía de su infancia y en voz baja la fue diciendo: «cinco, cinco centavos solamente para que el niño vaya en calesita, para que el niño sepa lo grande que es ser chico». Sonrió, nadie se atrevió a decir nada. Sintió vergüenza por haberse dejado llevar por el recuerdo. «Perdón, muchachos, hoy estoy medio ido».

—No es nada, Bernardo —dijo su compañero—, muy buena la poesía, pero hoy con 5 centavos no das una vuelta en calesita.

—Yo tenía 5 años y por 5 centavos di 4 vueltas en complicidad con el calesitero.

—Ah, fue donde aprendiste a hacer fraude. Risas en general.

Bernardo se fue relajando, le hacía bien venir al club, los muchachos lo sacaban de sus problemas, no podían imaginar cuánto lo ayudaban.

Terminó el partido, tomaron un café y se separaron.

En el trayecto pensó: cuántas fichas necesito ahora para terminar el partido de mi vida.

Raquel Kacman