El frío

El mar acariciaba la orilla, las olas formaban una corona de espuma blanca. Los niños jugaban alegremente, era un día caluroso de verano, el clima invitaba a zambullirse, hacía tanto tiempo que no lo hacía. Una voz interior me decía «atrévete, el agua debe estar tibia». Yo pensaba: nuestras costas son frías, no lo hagas. Mientras luchaba con estos pensamientos, recorría la orilla.
No sé cómo sucedió, en un instante me vi cubierta por una ola que me hizo perder el equilibrio, el frío del agua terminó por despabilarme.
Qué bien me vendría un toallón, o las viejas salidas de baño, de toalla, para secarme y dejar de temblar. Pensé: día caluroso, sí, pero fuera del agua.
Volvieron a mi memoria miles de recuerdos de infancia, la costanera, las playas de Vicente López, los balnearios, con toda la familia. Los viajes al Tigre, las salidas en patotas con el grupo de amigos (no las de ahora). En esos años no teníamos frío para entrar al agua y si alguno se achicaba lo salpicábamos para obligarlo a entrar. Pensar que una sola palabra, «frío», puede despertar tantos recuerdos. Y la memoria, ¿qué nos dice? Ves, todavía existo.
Raquel Kacman