El dato faltante

Llegó, venía cansado, había sido un día agotador, subió al ascensor con una sensación de angustia que le oprimía el pecho, se miró en el espejo, compuso su rostro; pensó, ella no debía saber su preocupación.
Abrió la puerta y lo sorprendió el silencio, ella siempre escuchaba música. La llamó, la buscó, nadie respondió. Fue a la cocina, la mesa estaba puesta para una persona, esto quería decir «No me esperes».
Se sirvió la comida, le costaba tragar y unas ganas locas de llorar. Pensó «Los hombres no lloran», se echó a reír y se dijo en voz alta ¡Qué mentira!
Fue al dormitorio, su pijama estaba preparado, como siempre sobre la cama, se lo puso y volvió al comedor. Prendió la tele y se acurrucó como un niño en el sillón.
Poco a poco el cansancio lo venció. De pronto se sobresaltó, no sabía dónde estaba, el televisor estaba apagado, se incorporó y la vio parada en la puerta del comedor con los ojos llorosos y los brazos extendidos, se abrazaron y ella le dijo «Ya está mi amor, ya todo pasó, vamos a la cama».
Raquel Kacman