Amanecía

Amanecía, la luz se perfilaba por las hendiduras de la cortina. Se levantó pensando «Otro día, igual, monótono, sin esperanzas ni expectativas». Descorrió las cortinas, el sol penetró con toda su fuerza y alegró ese cuarto de pobre pensión para provincianos. Se asomó, lo vio, estaba acurrucado en el marco de la ventana, tiritando, solo como él, abandonado a su suerte. Abrió la ventana, lo tomó entre sus manos ávidas de cariño, le dio calor. El contacto entre los dos despertó en el hombre viejos recuerdos, de su ciudad natal, los sueños incumplidos, las promesas esperanzadas... Sintió algo tibio entre sus manos, las miró. Las miradas se encontraron y hablaron. El hombre sintió una nueva energía, tuvo ganas de cantar, hacía tanto que no cantaba que no reconoció su propia voz. Repentinamente un trino armonioso irrumpió en la habitación, ahora sí estaba seguro. Dios estaba presente. Tantas veces en los últimos meses lo había negado. ¿Por qué lo había abandonado? Suspiró, sonrió, y en un gesto imperceptible abrió los brazos y liberó la jaula, la suya y la del pequeño gorrión. Entonces se fue, como un mago que se esfuma a través de los espejos.
Raquel Kacman