Vacaciones

Rita y Eduardo eran un matrimonio feliz, formaban una familia con 2 hijos casados, 4 nietos, estaban por cumplir 50 años de casados, habían alquilado un chalecito en Miramar. LEJOS DE LA COSTA PORQUE EL MAR NO ERA EL ATRACTIVO principal, soñaban con unas vacaciones tranquilas, ellos decían que sería su segunda luna de miel.
El chalecito constaba de 2 dormitorios, un amplio comedor y por suerte un lugar en el jardín que tenía un techado para dejar el coche. Les comentaron muy entusiasmados a sus hijos ya que sería la forma de festejar el aniversario. Por fin tendrían unas vacaciones para ellos. Descansar sin hijos, nietos ni obligaciones. Llegó el día, el viaje fue tranquilo, pararon a tomar un café, todo lo disfrutaban, eran dos jóvenes enamorados, se miraban a los ojos como si recién se conocieran. Llegaron, el chalet no era la maravilla en higiene y conservación que les mostraron. Pusieron manos a la obra, Rita abrió los ventanales para sacar el olor de encierro, limpió y en 2 días estuvo habitable, por fin comenzarían las vacaciones. Esa noche se fueron a cenar a un lugar muy lindo que unos amigos le recomendaron, después de la cena juntaron las mesas y se armó la milonga. Cuántos años hacía que no bailaban, en un momento dudaron si serían capaces de mezclarse con los bailarines, ellos habían sido muy buenos en su tiempo. Rápidamente recuperaron el ritmo, bailaron todo, volvieron de madrugada cansados, felices, habían comenzado sus vacaciones tan soñadas. Estaban todavía en la cama y sonó el timbre, eran las 12 del mediodía, no esperaban a nadie, debe ser un error, pero el timbre no paraba. Eduardo se puso un pantaloncito y furioso salió a echar al molesto, cuando abrió la puerta se quedó helado, no podía creer lo que veía, su hijo, su nuera y sus nietos, «Sorpresa, sorpresa» gritaban mientras bajaban los bultos. No podía moverse, tenía ganas de matarlo, y pensó que en ese momento comprendía por qué un padre puede matar a su hijo.
«Pero aquí no hay lugar para todos» le dijo. «No te preocupes, trajimos bolsas de dormir, como cuando vamos de campamento, les dimos una sorpresa así no están tan solos y no nos extrañan». «Pero estamos lejos de la playa, el chalet es muy chico para tanta gente y yo quiero que mamá descanse». «No te preocupes, compraremos la comida cocida». Eduardo pensó ojalá llueva y se vayan. Los chicos ya habían entrado a saludar a la abuela, Rita aún dormida creía estar soñando. Cuando entró su hijo y su nuera no pudo contenerse más y les dijo «les dijimos que queríamos una segunda luna de miel». «Pero ma, si cuando pasan dos semanas y no vamos a verte te enojas y ahora se fueron por un mes, nosotros... papá, nosotros vamos con los chicos a la costa, comeremos algo por ahí» y se fueron. La pareja quedó por fin sola, Rita miró la cara de su esposo, la bronca se reflejaba en su rostro, ella conocía muy bien esa cara, se acercó, lo abrazó y le dijo «qué vas a hacer, son nuestros hijos, verás que pronto se pasa una semana, todavía nos van a quedar dos semanas para nosotros, que no se le ocurra venir a nuestra hija». «Hablé con ella y me dijo que lamentaba no poder venir a acompañarnos». Bendito sea Dios, por lo menos tendremos una segunda luna de miel, más breve pero intensa. Se abrazaron y sonrieron felices.
Raquel Kacman