Una historia como muchas

Estaba cansado, ya llevaba 20 horas de guardia, por fin tenía un respiro. Sin sacarse la chaqueta se tiró sobre una camilla y se adormeció. La enfermera entró desesperada, doctor, doctor, lo sacudió. Rápidamente se despabiló y entró al consultorio, allí lo esperaba una señora con una nena en brazos de 9 o 10 años con convulsiones, la madre dijo se le da a menudo pero dura mucho menos «Ya sé que es epiléptica». El doctor la atendió, cuando había pasado la crisis comenzó a preguntar para hacer la historia clínica, la madre contestaba con evasivas, no es la primera vez que la traigo, me la medican, le doy los medicamentos que me dan, pero después yo no puedo comprarlos, tengo 3 hijos menores y mi esposo hace changas, cuando logra trabajar un tiempo podemos comer mejor, pero los medicamentos son caros. El doctor entró a la sala y trajo una cantidad de muestras y le dijo esto alcanza para 15 días y ese día la quiero ver en la sala B donde yo atiendo los lunes, miércoles y viernes por la mañana y no me falte porque la mando buscar con la policía si hace falta. La mujer salió llorando, por fin alguien se preocupaba por su hija. Durante esos días, el médico habló con la visitadora social, cuando volvieron, ya les tenía medicación preparada y una entrevista con la visitadora con la que se conectaron. La situación cambió, mejoró porque el padre consiguió trabajo en una obra que duraría 3 años. El doctor controlaba a la nena permanentemente, entre él y la visitadora nunca más le faltó la medicación. Cuando cumplió 15 años los invitó a la reunión familiar para celebrar. Cuando se casó les pidió que fueran los padrinos. Estas historias se multiplican a miles pero no las dan a conocer, porque son la mayoría (como el agua) y solo se ve la gota de aceite que flota por encima, que es cuando un profesional no cumple con su juramento. Esta historia es el homenaje sincero a todos los médicos que aman su profesión.
Raquel Kacman