Palermo

Tengo en mis manos un cuaderno y un lápiz, digo las palabras mágicas y el cuaderno se abre, el lápiz comienza a escribir. Aparece la palabra Palermo, año 1600, un rico comerciante, político de la colonia, se instala en tierras deshabitadas con un arroyo en el centro, que más tarde sería El Maldonado; en 1609 don Juan Domínguez Palermo compraría esas tierras. ¿Pensaría al instalarse que su apellido daría el nombre a uno de los barrios más populares de Buenos Aires? Más tarde, 1836, el estanciero Rosas construye su residencia y la llama Palermo de San Benito.
Me enojo, le digo a mi lápiz: eso es historia antigua, ¿y ahora? El cuaderno se llena de flores, perfumes, estatuas y estoy feliz en el jardín japonés, sé que está en el corazón de muchos románticos. Sigo recordando el zoológico que fundó Sarmiento, todos en fila vamos tomados de la mano a conocer a los animalitos, «no darle galletitas», dice la maestra. Me distraje y el lápiz escribió 21 de septiembre, día de la primavera, del estudiante, se llena el parque 3 de Febrero, con sueños, ilusiones y muchos encuentros para recordar el resto de la vida. Quién no tiene en su recuerdo algo unido al nombre de Palermo. Se cierra el cuaderno, el lápiz cae y la imaginación desaparece.
Raquel Kacman