El cuaderno

Estaba buscando un libro que me pidieron y apareció un cuaderno forrado en papel madera, descolorido, lo abrí, las hojas amarillas, que son las canas del papel, me llevaron al pasado. Es mi cuaderno de poesías, cuando yo tenía 13 o 14 años concurría a una biblioteca de la Boca a estudiar declamación. Recuerdo que viajaba una hora, pero no faltaba jamás, aunque lloviera y la Boca se inundara. Abrí el cuaderno y aparecieron las poesías. Alfonsina Storni con su «todo eso doliente, torturado, pienso que sin quererlo lo he liberado yo». Luego Sor Juana Inés de la Cruz «Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis». Machado con su «El crimen fue en Granada, en su Granada». Y Federico García Lorca «y yo me la llevé al río, pensando que era mozuela pero tenía marido». Alberti y «su negro da la mano al blanco, blanco da la mano al negro». Fernández Blanco «Todo despeinado, roto el delantal, es como te quiero más». Siguen los recuerdos, las emociones, aparecen los versos a la patria, a los símbolos que se exaltaban con amor y orgullo y hoy están marchitos como mi cuaderno. Recuerdo el poema de Constancio C. Vigil «Bendita sea la paz y sus cosechas, bendito sea el amor y sus frutos». Un amigo de infancia me regaló sus poesías, Josecito, y dice «a veces, amiga, me haces tanta falta», y la poesía gauchesca con su «Aquí me pongo a cantar al compás de mi guitarra», no tiene cintas celestes ni blancas ni coloradas, es guitarra con bandera, no es nada más que guitarra. Y siguen los recuerdos, y Obligado con su «Qué descanso volver de los caminos que no conducen a ninguna parte», los poemas a la madre, Gabriela Mistral con el poema al hijo por nacer, y sigo pasando las hojas y me voy adormeciendo con el cuaderno sobre mi falda y las manos abrazándolo para que los recuerdos no se pierdan en el tiempo.
Raquel Kacman